Belinda tiene un hijo de nueve años y Mónica, una hija de siete. Ambos son niños especiales, con una inteligencia fuera de lo común, lo que llamamos superdotados. Casualmente, las dos reparten su tiempo entre sus hijos, a los que dedican todos sus esfuerzos para que crezcan felices, y las asociaciones que existen para ayudar a familias en esta situación: Belinda, en la Asociación para Superdotados y con Talento y Mónica, en la Asociación Española de Superdotación y Altas Capacidades. Desde allí aportan sus conocimientos y experiencias como madres.Se sienten satisfechas y aseguran que por nada cambiarían la situación de sus hijos. “He abierto los ojos a un mundo donde la diversidad humana no deja de maravillarme cada día”, asegura Belinda, quien ahora mira la sociedad con otros ojos, los de la sensibilidad y la justicia, porque no entiende que un superdotado no encaje y por ello se sienta diferente y llegue a pensar que algo en él no funciona. Mónica siente un orgullo tremendo “y también una preocupación enorme, porque a cada minuto me planteo si he logrado que mi hija sea feliz. Son niños con muchísimas inquietudes”.
Para que sus hijos sean felices, las dos coinciden en que han de ser respetados y comprendidos en su peculiaridad individual, y que puedan acceder a una educación adaptada a sus necesidades especiales. “Como cualquier niño, que pueda jugar a lo que le gusta, sin preocuparse si no le atrae el fútbol”, puntualiza Belinda.