Desde su concepción, tu hijo crece rodeado de líquido amniótico. Una vez que nace, la natación se convierte en la mejor actividad para el desarrollo de tu bebé: en el agua mejora su psicomotricidad, socializa y afianza el vínculo afectivo. A medida que crece, el niño se mantiene en forma, se divierte y se relaja en la piscina. Ayúdale a sentirse como pez en el agua.
Los niños que practican la natación se divierten sin saber lo mucho que están haciendo por su salud, su inteligencia, su coordinación motora y su capacidad de hacer amigos. Al nadar, el corazón y los pulmones, los músculos y las articulaciones se fortalecen: la natación supone un aporte constante de oxígeno y un estímulo para la circulación sanguínea. En la piscina, los niños liberan energía y estrés, lo que les relaja y, a la vez que controlan su peso, ven reforzado su sistema inmunológico.
Un bebé que tiene contacto directo con el agua desarrolla gran seguridad personal y autoestima y toma confianza con el agua. Así, alrededor de los cuatro años, cuando ya puede aprender a nadar, asociará la piscina con un lugar de diversión en el que se socializa. De este modo, desde pequeño aprende a practicar deporte en equipo, y sabrá lo que es el compañerismo y la disciplina.